Este domingo fue tiempo de compras navideñas, las mismas que se repiten cada año, quizás en menor intensidad, pero con mayor costo monetario, dependiendo también de lo mañoso que sean los integrantes del núcleo familiar. La víctima fue mi viejo, o al menos supongo que él es el afectado, considerando que por manipulación femenina de mi madre (sin solicitarla de antemano, pero ya saben…), motivó la compra de un nuevo artefacto eléctrico, además de los regalos de siempre en estas fechas (perfumes, vestuario, etc.). El momento de la acción es cuando más allá de dar vuelta en las grandes tiendas, caes en la necesidad de acordarte de los miembros de la familia no presencial, donde pasas a cuadriplicar la lista de compras, olvidando el efectivo y sacando la chequera o pensando en los 12 meses plazo para cancelar algo más de dinero, sin olvidar que no tienes la certeza del real gusto que pueda provocar el obsequio (aunque mal que mal, la gracia es esa, especialmente cuando ni sabes muchos gustos del receptor).
Al menos, mall de turno no estaba tan lleno como se pensaría, más aún para ser un fin de semana cercano a la festividad de colores, arbolitos, guirnaldas, venados y viejos rojos que deben estar más que calcinados por las temperaturas sobre 30º C. El problema radica casi siempre en “qué comprar”, más aún cuando son integrantes de la familia dentro de la propia casa. Mi viejo más que aproblemado, preguntando por ejemplo qué comprar a mi abuelita, viendo unas blusas no muy sobrias, entre otras chucherías, y yo diciéndole finalmente “Sabes, mejor ven mañana con mi mamá y ves ahí qué conviene más”, ya que yo podré ser perfectamente un publicista, pero aún no llego al nivel de Mel Gibson de saber “lo que ellas quieren”, aunque al menos ya tengo un regalo para mi madre, aunque quizás no es lo más “personal” que quisiera, pero se quitaría en cierta forma un peso de encima con tantas fallas de ese artículo… Sólo falta pegarme el pique al mall en estos días, aunque el más cercano por trabajo es el Parque Arauco, templo de la gente highclass.
El artículo podría parecer como una oda al consumismo extremo, con pinta de cenas al estilo MC Donald´s y regalitos superficiales, pero en realidad, y de manera “automática”, internalizada en nuestra sociedad de hoy, siempre se llega a lo mismo, por mucho sentimiento espiritual que se pueda o intente respirar, pues mal que mal las fechas se dan justamente con fines receptivos, sea valórico o material, y todo con sus consecuencias posteriores y cargos de conciencia, siendo la antesala de gastos que a muchos les da miedo anticipar.
Será que la frase de mi viejo será verdad: “No me gustan estas fechas, no tanto por el gasto, si no más bien saber si gustará o no lo obsequiado”. Pareciera como expectativas tan jodidas como los resultados de una PSU o los exámenes finales del semestre.
¿Habrá reclamado Jesús por los regalos hechos por los Reyes Magos?
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